La Diversidad sexual en la TV, ¿hasta dónde el cambio?

23 Jun

Por: Magda Gónzalez Grau

Fotos: Antonio Pons

Hace dos semanas, asistí a un muy convocado panel en la Casa del Alba sobre sexualidad en los medios. Me motivaba el respeto que siento por los especialistas que integraban la mesa. Son nombres que han acompañado o protagonizado las batallas que se han librado en el país a favor del tema.

Transcurrida una hora y media de intervenciones, se me acercó una asesora de la televisión, de programas conflictivos, de esas que se documentan para luego librar peleas, centímetro a centímetro, con la intolerancia ciega, y me comentó que aquello era un tiro al blanco con la televisión. Una hora después, cuando me preguntaba si valía la pena pedir la palabra para dar algunos datos necesarios y así enrumbar el análisis por un camino más útil, se anunció que había que entregar el local y todo acabó, dejándome con sentimientos encontrados y con ideas en la punta de mi lengua, en mi cabeza y en mi corazón.

Lo que allí sucedió, me hizo pensar en cuánto tenemos que trabajar aún para lograr un diálogo, o en este caso, tríalogo, que valga la pena, entre especialistas, públicos y medios.

Ahora mismo, recuerdo el día exacto en que entendí realmente el problema. Estábamos grabando entrevistas para realizar el programa cero de “La cara oculta de la Luna”. El CENESEX, en la figura de la Dra. Mayté Díaz, se había leído toda la novela y nos había dado pautas de cómo hacerlo sin agredir, sin traicionar, acompañando estrategias que durante años ellos habían estudiado desde sus propios pacientes, y Mayté dijo, en un momento que marcó mi vida, que de la forma en que ella les hablaba de la homosexualidad a sus alumnos, ellos debían pensar que era lesbiana, pero que ella no se tomaba la molestia de aclararles que era heterosexual.

En ese momento, sentí una gran vergüenza, porque yo, que estaba orgullosísima de producir, contra todos los pronósticos y todas las banderas, una telenovela sobre el SIDA donde el tema de la homosexualidad se iba a tratar de forma explícita, me había pasado todo el tiempo, en todos los consejos de dirección y de programación, aclarando que aunque defendía esos criterios, yo era heterosexual.

Nunca más he “aclarado” a nadie mi heterosexualidad, porque ese día entendí que esa también era una forma de discriminación y que para estar en estas lides, había que creer firmemente en lo que se defendía.

Sin embargo, he aprendido también, que no basta sólo con creer en lo que se defiende. Uno es un individuo, hecho de experiencias singulares y particulares. La televisión es para todos, y todos quiere decir: personas educadas o no, inteligentes o no, instruidos o no, liberales o retrógrados, audaces o pacatos, tolerantes o fascistas, y ahí está el primer reto.

Encontré en estos días algunos apuntes que llevé en el año 2007 a una reunión de la Comisión de Valores del Comité Central del Partido y permítanme leerlos:

(Cito) “Cuando transmitiéndose “La cara oculta de la Luna”, fuimos acusados de homófobos por un sector de la crítica y de la sociedad, cuando un colaborador del Centro Nacional de Prevención contra el VIH, me confesó que había sido agredido por primera vez en su vida por su condición de homosexual, desde que la novela había puesto en la palestra pública el tema de la diversidad, me di cuenta de que tratar la realidad no era sólo tener buenas intenciones, y que ni siquiera se podía confiar en toda la experiencia de los especialistas, en este caso del CENESEX, porque lo que llamamos públicos, podían tener tantos niveles diferentes de respuesta a los mensajes que les damos, como individuos, con experiencias únicas y percepciones únicas, los integran.”

 “Eso nos pone en una disyuntiva simple: o seguimos caminando por los caminos seguros de lo tradicional, de lo ya conocido como relativamente efectivo o ensayamos nuevas maneras de llegar a nuestros receptores para lograr impactarlos en la medida que queremos, aún a riesgo de equivocarnos.”

 “En un momento donde cambiar es la palabra de orden, donde se nos pide un vuelco total a maneras de hacer, porque se quieren resultados diferentes, por supuesto que debemos apostar por la última opción.” (Fin de la cita)

 Eso escribía yo hace cuatro años y apostaba por la audacia a riesgo de equivocarnos.

Hoy diría lo mismo, pero añadiría algo que he madurado. Para que la audacia sea responsable y tenga más posibilidades de dar en el blanco, debe ir acompañada de investigaciones y conocimientos profundos de lo que se va a tratar.

Y entonces puede haber detractores, como el otro día, que piensen que la manera de presentar en “La cara…” al bisexual destruyendo la sagrada familia es errado, cuando ni se lo cuestionan en una película como Brokeback Mountain, o que crean que la libre elección heterosexual, con advertencia incluida de que mañana puede volver a amar a una mujer, de la lesbiana de “Aquí estamos”, es sólo una vuelta al redil de lo catalogado como correcto, pero lo que tendría que quedar claro es que esas situaciones dramatúrgicas se derivan de investigaciones realizadas, de estadísticas consultadas y que se puede saber, también por investigaciones, cómo puede reaccionar el público ante ellas.

Por suerte, en una intervención, que para mí salvó la tarde de la Casa del Alba, Helen, una de las coordinadoras de este espacio, defendió este principio de lo imprescindible que es el pensamiento científico aún en productos artísticos y subjetivos como una telenovela para poder ser efectivos.

El último aspecto que quiero tratar por la forma superficial en que se analizó el otro día, es lo concerniente a la censura. Ni la televisión está llena de realizadores cuyo objetivo es epatar o estar a la moda cuando tratan el tema, ni abundan los directivos que se ufanan de haber cumplido la tarea cuando permiten que se exhiba una obra donde aparece un homosexual.

Es cierto que en la televisión se camina como sobre cáscaras de huevo cuando del tema se trata, y que muchas veces se usa la expresión de que hay que refrescar por un tiempo, cuando se repite muy seguido el tema. Por desgracia, también es cierto que tenemos en algunos puestos claves, personas que piensan que esa parte de la realidad, como ojalá no existiera, debe ser invisibilizada por los medios.

Y también es cierto que se tiembla ante determinadas llamadas, no por su cantidad sino por su calidad, que empiezan a cuestionar si la televisión es para eso y dónde están los directivos que lo permiten.

Y entonces empieza un proceso que siempre es cuesta abajo, desde la censura de los censores de “por si acaso” hasta la autocensura de los realizadores de “para que no me lo corten o me lo dejen salir”.

A mi juicio, lo importante hoy, es comprender que esas maneras unilaterales y solitarias, de decidir en los medios de comunicación masivos de un Estado Socialista, lo que puede publicarse o no, no nos lleva más que a posiciones de intolerancia, que siempre acaban por convertirse en obstáculos para lograr los verdaderos objetivos por los que existen los medios: informar, educar y entretener desde una profunda perspectiva cultural.

Me atrevería a decir que la salvación está en la inteligencia colectiva, en restablecer la cultura del diálogo y del debate.  Pero un debate desde la unidad, desde el mismo lado del río, con el respeto necesario para escuchar al otro.

Buscar la unidad desde la pluralidad. La unanimidad no es unidad, es adocenamiento. La unidad debe surgir desde la convicción y la convicción se alcanza desde el análisis que se deriva del debate.

Por eso y para eso estamos hoy aquí, preguntándonos hasta dónde el cambio. Gracias.

Texto leído por la autora en el espacio de debate mensual Mirar desde la sospecha en la UNEAC, el 12 de mayo de 2011.

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