Una invención de la narrativa femenina llamada Mirta Yáñez

5 Ene

Por: Dainerys Machado Vento

“Mirta Yáñez es, ¿qué duda cabe?, una invención”, escribió la narradora Laidi Fernández de Juan para homenajear a una de las compiladoras de Estatuas de Sal, y a la antología misma, que cumple en este 2011, quince años de haber abierto “los caminos de Eva” en el panorama contemporáneo de la literatura cubana.

Una tarde de este lluvioso mes de octubre, la Sala Guillén de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) acogió la reunión, promovida por el Programa Género y Cultura del Grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero y su habitual espacio de debate Mirar desde la sospecha.“Estoy un poco asustada con este homenaje”, bromeó Mirta al responder al agasajo, justo como había pronosticado Laidi en sus palabras enviadas al encuentro: “Sucede que la autora lleva el mismo nombre de su criatura inventada, y por ella estamos obligadas a presenciar cómo se sonroja, disimula, e incluso protesta, la mujer madura que responde a Mirta Yáñez, así sin h, porque si se escribe el nombre de otra manera preparémonos a una batalla campal”.

Entonces Mirta, como siempre, dedicó el tiempo otorgado a su voz a legitimar el papel de las mujeres cubanas en los espacios de la intelectualidad y el arte: Regaló un minuto a la memoria de Susana Montero y a Nara Mansur, “que segurito estarían aquí con nosotras”, y rememoró “el origen de Estatuas de Sal. Una vez que yo estaba en una de mis tantas protestaderas porque en los jurados no ponían nombres femeninos, y siempre me decían que era porque no había narradoras, nuestra querida Elena Urrutia me dijo: demuestra que hay narradoras, hagan un libro donde demuestren cuántas hay en Cuba”.

En 1996, Mirta Yáñez y Marilyn Bobes compilarían en efecto una antología de narradoras cubanas, que al decir de Zaida Capote Cruz, presentadora entonces del volumen, “permitió a las escritoras sentirse parte de un colectivo, de un grupo, y encontrar las coincidencias que había en sus creaciones”.

Pero además de visibilizar el corpus creativo de las mujeres, Estatuas de sal tiene, según la propia Mirta, otros significados más personales: “Una de mis grandes satisfacciones con ese libro, —y este homenaje ahora cataloga también—, fue que la excelente narradora que es Esther Díaz Llanillo, que había dejado de escribir durante 30 años, empezó a hacerlo otra vez”.

Galardonada recientemente con el Premio de la Crítica por su novela Sangra por la herida, Yáñez es autora además de libros imprescindibles como La hora de los mameyes, y el volumen de cuentos La Habana es una ciudad bien grande, entre otros títulos y compilaciones. Rasgos de su obra a los que la escritora Luisa Campuzano agregó su contribución “al conocimiento de la literatura latinoamericana, porque ha sido también una seria académica”.

“Es la primera vez que en el espacio de debate Mirar desde la sospecha homenajeamos a una figura de las artes”, había anunciado la periodista e investigadora Helen Hernández Hormilla, una de las coordinadoras del espacio junto a la académica Danae C. Diéguez y la también  periodista Lirians Gordillo. Por eso Mirta Yáñez partió del encuentro de los segundos jueves de cada mes en la UNEAC, con la divertida “preocupación” por el reconocimiento, con una obra del pintor y diseñador Ángel Alonso bajo el brazo; pero también con la satisfacción de haber defendido y representado en otra tribuna el papel de la mujer cubana como referente de la literatura nacional.

Escritoras que se escriben con M

Invitada a la mesa del panel, la narradora Luisa Campuzano ilustró las circunstancias, traspiés y paradigmas de las escritoras cubanas del siglo XIX. Y sobre todo recordó cómo las teorías feministas en sus inicios se estructuraron fundamentalmente a partir de la revisión de la producción literaria, un diálogo del que no ha quedado exenta esta isla.

Al establecer paralelos entre las circunstancias de las mujeres escritoras del siglo XIX y las del corriente XXI, Campuzano reconoció la resolución de muchas carencias editoriales, pero se detuvo sobre todo en una de las tendencia aún comunes a muchas creadoras del continente: “Frase esta de Yo no soy una escritora, que hemos escuchado repetir infinitamente por no pocas, y muchas veces muy reconocidas y queridas autoras. Las versiones son diversas, pero siempre tienen el mismo tono enfático. ¿Qué es eso de escritora? ¿Escribir como mujer? La escritura no tiene sexo, no soy una escritora, soy un escritor, soy un escritor como cualquier escritor.”

Al análisis de tal contradicción regresó también la investigadora Zaida Capote durante su intervención, con la que recorrió además los espacios de los cuales las artistas cubanas lograron apropiarse durante el voluble siglo XX.

“Cuando a mí alguna vez me han preguntado si existe una escritura de género, siempre digo que el género no es calificativo para eso porque el género es una categoría abstracta -explicó la ensayista-. Existe una escritura de mujeres porque, como bien decía Luisa, las mujeres existimos, y cada mujer que escribe, escribe literatura de mujer.”

La principal preocupación ante tal negación resulta para Capote que “a nadie le molesta que digan que pertenece a un grupo de escritores ruso-cubanos, o que es un escritor holguinero. A nadie le molesta que lo estudien como parte de la literatura cubana porque todos nos consideramos cubanos. ¿Dónde está la raíz de que a las mujeres, a las escritoras cubanas les cree malestar esa clasificación particular?”

Según las especialistas, la inconformidad o confusión tiene sus orígenes en la relación histórica de las mujeres con su contexto, que en los inicios originó teorías feministas tan sesgadas a lo sensorial como esa misma construcción tradicional de lo femenino. Una circunstancia que acaso ha perpetuado el tratamiento diferenciado —no siempre de forma favorable— que las instituciones literarias han dado a la escritura de mujeres. Aunque para la narradora y editora Aida Bahr tal postura por parte de las narradoras tiene aún más aristas.

La escritora santiaguera afirmó que efectivamente “negar que existe la narrativa femenina es tan estúpido como negar que existe la narrativa cubana, porque eso es una marca de identidad”. Pero que las definiciones por oposición son las que probablemente han convidado a muchas a negar su condición de mujer escritora: “Existen personas a quienes sí les molesta que las encasillen en territorialidad, porque ser escritor de provincia se opone a ser escritor nacional, y eso crea temores. Lo mismo cuando hablan de escritora mujer, o de escritora femenina. A ello se le opondría la literatura masculina que no existe como categoría, porque lo que existe es la literatura.”

La también vicepresidenta del Instituto Cubano del Libro comentó que en los últimos años las obras de los jóvenes creadores que más le han impactado, en concurso o planes editoriales, llevan la firma de mujeres, lo cual ha contribuido al desplazamiento de los paradigmas tradicionales en ese ámbito. Un criterio que había sido reiterado con anterioridad por los diferentes especialistas que han participado en las sesiones del espacio de debate.

Como problema persistente en la invisibilización de tal desplazamiento las y los presentes señalaron la aún escasa crítica feminista; desde donde se puede contribuir también a desarraigar mitos sobre dicha categoría. Con marcado interés por contribuir a suplir tal deficiencia el próximo 24 de octubre en la Sala Villena de la UNEAC, verá la luz Mujeres en crisis. Aproximaciones a lo femenino en las narradoras cubanas de los noventa, con el sello de Publicaciones Acuario del Centro Félix Varela. Un volumen de la investigadora Helen Hernández Hormilla, donde testimonio y ensayo se mezclan para identificar las principales tendencias temáticas y formales de las obras de narradoras cubanas durante la década de los años 90, y cómo estas reconocen o no su carácter feminista, independientemente de la presencia de tal ideología en sus creaciones. Elementos que confirman, tal como refirió Capote Cruz durante su intervención, que “el panorama de la literatura de mujeres hoy es diferente”.

“En la última década se han publicado en Cuba más de 30 novelas de mujeres. Eso es increíble, impensado, sorprendente, inédito”, elogió la especialista. “Cuando uno ve esa cantidad de producción es porque hay condiciones diferentes en la sociedad cubana y porque cambió la percepción de las escritoras sobre sí mismas. Ahora es necesario que las mujeres sean conscientes de que somos mujeres, y de que no hay por qué negarlo”.

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