Buscando otro modo de ser

29 Mar

Comentario a propósito de dos artículos publicados en la revista El Caimán Barbudo

Por: Helen Hernández Hormilla

Hace varios días leí el artículo “Género a debate y un hombre que mira” del realizador audiovisual José Martí Díaz y, si bien no concuerdo con el punto de vista desde el que se analiza el complejo y espinoso asunto de las inequidades de género, su aparición resulta provechosa no solo por traer a colación un tema poco usual en las publicaciones cubanas, sino porque visibiliza lo que expertos y expertas contemporáneas han llamado neomachismo y neomisoginia. Me refiero a los discursos que, partiendo de un supuesto apoyo a la igualdad, terminan intentando deslegitimar la lucha por alcanzar derechos elementales de las mujeres como seres humanos pues, al parecer, ya alcanzamos reivindicaciones suficientes y debemos pasar a otros asuntos más apremiantes. Así, se tacha de discurso radical, desmedido y atrincherado aquel que plantea como opción insoslayable la defensa del albedrío a decidir sobre nuestras capacidades individuales, sobre nuestros cuerpos y afectos en un orden social, político, cultural y simbólico verdaderamente justo y equitativo, sin daños a terceros.

El añejo prejuicio antifeminista se reedita a través de la historia y en distintos contextos, como sucede casi siempre con toda ideología que pretende superar una estructura de poder dominante; más cuando, como en el caso que nos ocupa, este sistema de pensamiento se ha naturalizado hasta convertirse en estructura simbólica y subjetiva que adquiere la categoría de prediscurso, de “una superficie políticamente neutral sobre la cual actúa la cultura”, como nos dice Judith Butler, iniciadora de la teoría queer. Por su parte, Pierre Bordieu, en su ensayo La dominación masculina –el cual recomiendo por su poder ilustrativo a quienes se interesan por estos temas-, describe la manera en que el género se instituye como sistema de signos, naturalizado a través del habitus hasta tornarse imperceptible, de ahí lo complejo de revertirlo.

Las leyes del género desde las que se erige nuestra educación y desarrollo social resultan opresivas para cada ser humano puesto que parten de una estructura jerárquica, discriminatoria y dicotómica devenida sistema de dominación, que hoy conocemos como patriarcado. Efectivamente, este “no es un dios benefactor de los seres masculinos”, como ironiza el autor. Hablamos de un sistema abstracto de pensamiento, representaciones, símbolos y leyes que se entroniza como cultura común y es naturalizado, sobre la base de que las diferencias biológicas entre hembras y varones implican una jerarquía de poder.

“La solución no puede darse entonces por decreto sino por un cambio en la estructura simbólica”, refiere Bordieu, una tarea que tal vez costará siglos y solo podrá lograrse desde convicciones profundas y verdaderos deseos de revertir la hegemonía patriarcal, machista y heteronormativa. Con esto se comprende el por qué no son suficientes leyes estatales o altas estadísticas de superación femenina y empoderamiento en el espacio público, si estas se basan en un sobreesfuerzo de las mujeres y llevan consigo altos costos personales, como demuestran investigaciones citadas ya por Lirians Gordillo en su precisa respuesta al comentario de Martín.

Además de los textos que trae a colación la periodista, recomendaría consultar el libro “Género y ciencia o ¿la apoteosis del egoísmo?”, de la Doctora Lourdes Fernández Rius, disponible en las librerías capitalinas y publicado por la Editorial de la Mujer este año. En el mismo se afirma que “el patriarcado se impone a través de la coerción o a través del consentimiento. Esto último nos devela la existencia de una igualdad formal entre hombres y mujeres, pues incluso ante la autonomía económica femenina hay patriarcado, toda vez que la relación de género que se realiza de acuerdo con dinámicas e inversiones sicológicas que resultan diferentes al ser mujeres y hombres producto de una socialización también diferente. Es por eso que aun si desaparece la dependencia económica femenina subsiste la subordinación emocional de las mujeres”.

Cuando se pretende ridiculizar y convertir en queja una lucha por conquistar derechos legítimos para la humanidad toda, y, en especial, para aquella mitad que aún sigue estando desfavorecida, no puede notarse menos que desconocimiento de toda una historia del revolucionario movimiento político, ideológico y epistemológico que ha sido el feminismo. Eso, y un peligroso sustrato machista que reduce el debate a una supuesta actitud acusatoria de los hombres, intención que, hasta donde conozco, no aparece en los textos de autoras como Isabel Moya, Zaida Capote, Luisa Campuzano, Mirta Yáñez, Lourdes Fernández Rius, Norma Vasallo, Magela Romero, Teresa Díaz Canals, Sandra Álvarez, Mirta Rodríguez Calderón, Danae C. Diéguez, Marta Núñez, entre una considerable nómina de estudiosas contemporáneas del género en la Isla, que, contra viento y marea y desde distintos ámbitos de estudio, continúan la tradición centenaria del feminismo cubano. Lo mismo habría que decir de estudiosos varones como Julio César González Pagés, coordinador general de la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades, quien junto a un equipo de jóvenes investigadores viene desarrollando los estudios de masculinidades en Cuba, partiendo siempre de una alianza fraterna con las mujeres y el feminismo, pues, finalmente, se trata de una misma batalla.

Repasando el libro “Macho, varón, masculino”, del propio González Pagés, encontré la siguiente afirmación, en la cual podría resumirse la esencia de esta polémica: “Todo indica que viejos debates abren nuevas perspectivas para discutir sobre los modelos de masculinidad que se han desarrollado históricamente en Cuba. La falta de memoria histórica o memoria rota sobre temas que cuestionan la hegemonía de las corrientes de pensamiento relacionadas con los hombres y su poder, siempre han vinculado al feminismo con una cuestión menor”.

Me parece positivo que varios hombres se quieran sumar a esta batalla feminista, que se continúe debatiendo sobre los costos de la masculinidad hegemónica, pero para visibilizar este aspecto del orden de género desigual no es necesario establecer comparaciones ni acudir a “ejemplos muy simples”, sobre todo cuando aparecen fuera de contexto. Competir por quién sufre más simplifica el asunto. Ojalá algún día las víctimas no existieran, mas lo cierto es que las mujeres siguen llevando en esta ecuación la peor parte. Las constataciones de una violencia de género global nos asaltan cada día, tanto en aquellas señales de acoso callejero que Martín prefiere llamar “expresiones populares” y obligan a una joven a cruzar de acera, a dejar de vestir con ropa ajustada y cómoda o la exponen a que alguien toque su cuerpo sin su consentimiento (todas vivenciadas por quien escribe); hasta los feminicidios, las violaciones correctivas, la ablación o los matrimonios forzosos con los violadores según lo establece, por ejemplo, la ley de Marruecos. Gracias a esta se quitó la vida esta semana una joven marroquí de 16 años llamada Amina, luego de que se le intentara obligar a casarse con Mustafá, su abusador, a quien ella y su madre denunciaron a la fiscalía. Tomar veneno para ratas fue la única salida que encontró. Su historia aparece en varios medios de prensa occidentales esta semana.

Particularmente inquietantes resultan afirmaciones como: “La mujer tiene todas las licencias para el lamento y hasta se le educa para ello”, especialmente cuando se trata de una generalización a partir de criterios personales, sin evidente validación especializada. Me preocupa porque aunque se trata de un asunto relativo a la subjetividad, el género es un campo ampliamente certificado por el saber académico y existen investigaciones que, aunque todavía insuficientes pues no llegan a problematizar en toda su dimensión las relaciones de hombres y mujeres en la isla, ofrecen directrices contrarias. Como mismo no es conveniente sistematizar percepciones apresuradas sobre la emigración, las dinámicas familiares, las drogas, la economía, la discriminación racial, la homofobia, entre otros temas en los que difícilmente se comenta en los medios sin la debida especialización, en las cuestiones de género más vale documentarse, pues se corre el riesgo de reproducir estereotipos y prejuicios arraigados. Otra cosa es ofrecer una valoración personal, desde la historia de vida, sobre la experiencia y los costos que atañe ser hombre o mujer, pero debemos cuidar de no esencializar el debate sobre juicios apriorísticos y arbitrarios.

Hablar de una identidad de género estática es subirse a la cuerda floja, pues se trata de un proceso de construcción social, histórico y cultural, donde también interviene la subjetividad y la experiencia de vida. La antropóloga mexicana Marcela Lagarde, una de las más prestigiosas expertas internacionales sobre el tema, sostiene en su artículo “La Identidad Femenina” que “la identidad de las mujeres es el conjunto de características sociales, corporales y subjetivas que las caracterizan de manera real y simbólica de acuerdo con la vida vivida. La experiencia particular está determinada por las condiciones de vida que incluyen, además, la perspectiva ideológica a partir de la cual cada mujer tiene conciencia de sí y del mundo, de los límites de su persona y de los límites de su conocimiento, de su sabiduría, y de los confines de su universo. Todos ellos son hechos a partir de los cuales y en los cuales las mujeres existen, devienen. (…) El contenido de la condición de la mujer es el conjunto de circunstancias, cualidades y características esenciales que definen a la mujer como ser social y cultural genérico, como ser-para y de-los-otros. El deseo femenino organizador de la identidad es el deseo por los otros”.

Por tanto, me interesaría saber desde qué presupuestos se basa el autor del artículo para afirmar que “tanto las niñas como los niños aprenden desde bien temprano sobre la discriminación femenina”. Si es así, ¿por qué han demorado tanto en trasformarla? Como usted mismo sostiene, algunas de ellas se han rebelado contra ese orden desigual y pugnan por trastocarlo.
Cree también que “a los debates de género les perjudica la ausencia de contraparte”. Y me pregunto, ¿la contraparte está acaso en los estudios de masculinidades? Hasta dónde he leído y escuchado estos complementan los estudios de la mujer, desde los que partieron los estudios de género, relativos a las relaciones entre lo femenino y lo masculino, y más recientemente integradores de toda la diversidad sexual. La contraparte, lo alterno a los estudios de género y al feminismo no es otra cosa que la inequidad, que la hegemonía machista, que el autoritarismo patriarcal, no el estudio consciente de la experiencia masculina con la intención de establecer relaciones de género no opresivas.

Asimismo, sería provechoso aclarar de quién proviene la idea que el autor ha escuchado de “que la violencia no es algo que se nos impuso sino un defecto de la naturaleza masculina que no hemos sabido superar. Es que la testosterona nos domina y, como somos los todopoderosos, queremos hacer el festín con nuestra afición por ella. El mundo no nos obligó sino que trata de disculparnos”. Hasta donde conozco a partir de quienes estudian esos asuntos en Cuba como Clotilde Proveyer, Mareelén Díaz Tenorio, Yohanka Valdés, entre otras y otros, los estudios sobre género y violencia contradicen que cualquier tipo de comportamiento social parta de un determinado gen, hormona o característica “natural” inherente, algo que Martín aclara más abajo cuando expone: “Lo que entendemos como hombre masculino no es una verdad científica, sino un supuesto, un criterio cultural al que debe obedecer el evaluado”.

En otro orden, quisiera recordar al autor que las masculinidades no hegemónicas en Cuba no están totalmente silenciadas, como tampoco las feminidades no tradicionales. Mencioné a la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades, por ser el grupo cuyo trabajo en este aspecto se ha sostenido de manera sistemática gracias al esfuerzo del profesor Julio César González Pagés. Él impulsó el Primer Encuentro Universitario sobre Estudios de Género y Masculinidades en la Universidad de La Habana, en 2008, al cual tuve el placer de asistir en mi etapa de estudiante. Un año antes realizó el Primer Simposio de Estudios de Masculinidades, en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, con presencia de mujeres y hombres de todo el país. Las masculinidades fueron tratadas en uno de los coloquios que desde 1994 se realiza anualmente en la Casa de las Américas por el Programa de Estudios de la Mujer. Desde hace varios años el Grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero cuenta con el grupo de Hombres por la Equidad, que reúne a varones sensibilizados en la lucha por la no violencia de género; existe el proyecto de Hombres que tienen sexo con hombres del Centro Nacional de Prevención de ITS/VIH/sida y el grupo Hombres por la diversidad del Cenesex, entre otros. Asimismo, resaltan las investigaciones y el trabajo de campo del profesor santaclareño Ramón Rivero; se imparte un módulo de masculinidades en la maestría de Estudios de Género de la Universidad de La Habana y en el Diplomado de Género y Comunicación que imparte la Cátedra Mirta Aguirre, del Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Además, se han presentado ponencias y realizado debates sobre el tema en múltiples foros y eventos académicos.

Esto, por supuesto, no resulta ni siquiera el inicio de un trabajo sistemático por integrar a los hombres a las luchas en pos de un sistema de sexo/género justo y equitativo, pero sí denota que algunos de ellos apuestan por trabajar a favor de este objetivo desde la integración y el respeto. No se trata de argumentos opuestos como sugiere Martín (“Una feminista se queja de que sus planteamientos no son lo suficientemente atendidos. Debía también lamentar la ausencia de argumentos que se le opongan sobre los cuales perfilar sus teorías”), sino de frentes diversos dentro de una misma lucha.

Me parece justa la petición del autor del artículo de partir de argumentos y no de consideraciones personales, si bien en su respuesta a la periodista Lirians Gordillo no duda en implicarse y en vez de responder las ideas y argumentos planteados por la estudiosa deslegitima su trabajo impugnándole el “radicalismo”.

Las diferentes vertientes del feminismo, como todo campo epistemológico e ideológico, han llevado también a posturas radicales, con importantes logros en su momento, si bien no es esta la arista que por lo general se comparte desde la Isla, pues otros son los referentes teóricos, históricos y contextuales. Me gustaría además conocer sobre qué bases concretas asegura que existe un radicalismo feminista en Cuba, y cuál es su concepto de radicalismo.

También formé parte del panel que menciona hace más de dos años, mas no escuché ni dije que este “es el país más machista del mundo y que los hombres cubanos nos hemos quedado enquistados en el tiempo porque no sabemos lo que pasa más allá de la frontera”. Simplemente carece de relevancia “la cantidad” del machismo. El menos machista de los países sigue manteniendo un orden sexista y patriarcal y abogamos por erradicar este pensamiento para que todos y todas tengamos igualdad de oportunidades y derechos, algo que en Cuba, un país de tradición machista -ni más ni menos- no hemos alcanzado.

La reivindicación del conocimiento en todos los sentidos de la existencia ha sido el motor del progreso humano. Hay quienes recibieron aplausos por ello, pero casi siempre después de sortear numerosos obstáculos impuestos por mentalidades retrógradas, como pasó y continúa sucediendo con los estudios de género. Cuando se responde desde la solidez de argumentos y no desde el juicio empírico e individual, los análisis y polémicas quedan siempre robustecidos. Ese es el saldo que me parece advertir tras leer “Rasgando velos… desde otro mirar”, de Gordillo Piña.

Por último, me surge otra duda a partir de uno de los planteamientos de Martín: “Los datos que demuestran que las mujeres son víctimas son infinitos. El asunto es que ya eso no hay que demostrarlo mucho, si la injusticia persiste no es por falta de esa información, creo, aun cuando no esté de más seguir insistiendo en el punto, hay que ir contemplando otros presupuestos para evidenciar que no se trata de una simple gentileza con la mujer sino de una necesidad social, un paso evolutivo que precisa el género humano.”

En efecto, hay que acompañar el decir con el hacer, pero en el caso específico de Cuba no existen hasta el momento estadísticas nacionales de un problema tan complejo como la violencia de género, por solo citar un aspecto a profundizar en la aún insuficiente investigación sobre las relaciones entre hombres y mujeres en Cuba. O sea, no hay cómo saber cuántas mujeres han sido asesinadas por esta causa, cuántas golpeadas, cuántas lo han denunciado y cuáles son las zonas del país en las que más incide este problema. Tampoco hay casas de acogida para ellas y ni siquiera una línea ayuda o comisaría especial a la cual acudir. Aunque en espacios que al autor le resultan amplificados -pero que no gozan de la representación en los medios de comunicación masiva- se habla constantemente de esto, poco ha llegado a los oídos y la sensibilidad de quienes pueden resolverlo. Mientras así sea, las mujeres feministas comprometidas con el destino de todas las otras y los otros discriminados y vejados, no pararemos de denunciar y repetir otra vez el carácter de las injusticias.

Quedan muchos temas por debatir pues efectivamente existe una marcada resistencia a los discursos y las reivindicaciones feministas. Los espacios de debate y capacitación en temas de género que se impulsan en el país tienen justamente como objetivos motivar el diálogo y la diversidad de criterios sobre estos temas, siempre en un ambiente de respeto, como caracteriza a los eventos, conferencias y paneles a los cuales he asistido y seguiré apoyando.

“Yo también lucho por la equidad y estoy identificado con las batallas en defensa de los derechos femeninos, yo también busco información, y analizo mucho la pertinencia de lo que intento decir antes de decirlo”, confirma el realizador audiovisual. Enhorabuena. El amor y la solidaridad son valores inherentes al movimiento feminista. De él aprendemos a trabajar en alianzas, sin jerarquías, trincheras o autoritarismos. La unión de todos y todas es indispensable para alcanzar aquella aspiración de la escritora mexicana Rosario Castellanos: “Tiene que haber otro modo/que no se llame Safo/ni Mesalina/ ni María Egipciaca/…/Otro modo de ser humano y libre/otro modo de ser”.

PD: Suscribo cada una de las palabras de la periodista Lirians Gordillo Piña, a quien agradezco la inspiración para introducirme en este debate.

Comentarios aparecidos en el Caimán Barbudo

  1. Danae C Dieguez. 28|3|2012 a las 5:14

    Agradezco al Caiman la oportunidad de este debate. Ahora no estoy en Cuba, precisamente en un Festival de Cine y un Coloquio que intenta debatir sobre las representaciones de Genero en el Cine. No he tenido tiempo para sentarme a escribir, pero si para leer lo que se ha escrito. No tengo mucho mas que agregar y agradezco a mis amigas Helen y Lirians la lucidez para abordar el tema. Mirar desde la sospecha y cada una de las mesas en que hemos participado estan realizadas con el espiritu del debate, la participacion y, sobre todo, basados en la investigacion, el conocimiento y el respeto. Lo que para nosotras esta claro es que partimos de nuestra filiacion feminista, porque no podria ser de otro modo: la busqueda de la justicia, la equidad, el hacer visibles que el patriarcado como estructura social es la base de las desigualdades de genero y otras, la necesidad de fundar maneras de relacionarnos que desmonten estas, verticales y hegemonicas; son verdades que el feminismo hizo visible y que por ello reivindicamos. Creo que solo queda que el Caiman nos invite y hagamos un dossier sobre estos temas en sus paginas, pues queda mucho por decir y hacer todavia para alcanzar la verdadera equidad.
    Danae C Dieguez, profesora de Genero y Cine de la Facultad de Audiovisuales de la Universidad de las Artes y coordinadora junto a Helen Hernandez y lirians Gordillo, del espacio de debate: Mirar desde la sospecha

    Grillo si lees esto antes; pon los acentos; estoy en un teclado frances y no los veo
    Dana

  2. 8 José Martín Díaz. 28|3|2012 a las 9:58

    Lirians: Yo no opino que el feminismo sea radical, sino que existen posturas radicales en el feminismo.
    Helen: Recuerdo muy bien lo que escuché en ese panel, aunque no fueras tú quien lo dijeras, de todos modos debo decir que estos comentarios de ahora son considerablemente diferentes a la imagen que guardo de aquel día. Mi opinión particular no es lo que importa pero me alegra mucho constatar esto.
    Me encantaría estar equivocado acerca de que el feminismo en Cuba se está tornando muy radical, pues considero que sería un grave error.
    Prometo analizar muy profundamente la acusación de neomachista.
    Sigo pensando que las batallas por la equidad de género deben buscar estrategias más dinámica y menos repetitivas, pero yo sólo puedo poner la motivación, porque no es el campo al que me dedico. Antes de publicar, cuando se trata de un tema delicado como este, suelo consultar con personas conocedoras del tema y de hecho lo hice en este caso. Pero para escribir me baso sobre todo en mi sentido común, entre otras cosas porque soy de las a artes, no de la ciencia. Considerar que los artistas deben ser capaces de defender sus verdades en un debate especializado, creo sería un error de concepto, pues son dos métodos diferentes de acercamiento a la verdad, aun cuando se beneficien mutuamente. Considerar que los artistas deben limitarse a decir sus verdades sólo en obras artísticas, equivaldría a convocarlos a la apatía ante sus realidades sociales, y además sería una mordaza inútil, pues desde el arte puede tener más influencia.
    Creo que a un intento de justicia le beneficia atender a lo práctico, una porque lo justo debe ser practicable y otra porque lo práctico hace falta para imponerse, esta vendría siendo mi idea esencial en este debate, así como en el comentario que le dio origen. Si de alguna manera esta sugerencia pudo llegar, al menos para analizarla con un poco de detenimiento, me sentiría muy satisfecho.
    Por supuesto agradezco todos los comentarios, y con independencia a los desacuerdos, para mí han sido un verdadero honor esas extensas y tan enjundiosas argumentaciones y contar con nombres como los de Lirians, Helen, Paquita y Sandra. Estoy de acuerdo con que los debates de género debían ser más frecuente en los medios. Para abogado del diablo ya saben que tengo mi vocación. ¡Y la cantidad de cosas que se me han quedado! Como para un debate semanal. Un programa habitual donde yo ponga la queja y ustedes la evaluación. El público, sobre todo el masculino, va a quedar muy asombrados de un programa donde los hombres son los que se quejan de sus roles de género. Cambiar la perspectiva es muy eficiente para llamar la atención y también para provocar influencia. A lo mejor algún que otro hombre silente se anima en su casa a ser más comunicativo, hablar descongestiona y dulcifica, y hasta aclara mejor la mente. Y me encantaría ver a los hombres hablando de género, en su casa, con el vecino o en un parque. No dudo que alguno se entere entonces que él también tiene género, porque pensaba que eso nada más lo tenían las mujeres. Por cierto, creo que no está mal la idea de un programa así, para un paquete de verano, digamos. Lo decía medio en broma pero de pronto terminé en serio. No para hacerlo yo que no podría ahora, pero creo que pudiera salir de esta idea algún proyecto interesante. Lo dejo disponible para cualquiera que lea, y si quieren me escriben y les doy más razones y posibilidades y me brindo para dar ideas.
    Por si las moscas: No es que esté intentando que hasta los programas de género sean de los hombres, ni tampoco es que mi instinto de macho dominador se ve afectado con los programas para las mujeres y los quiera masculinizar. La televisión ya tiene incorporada la hegemonía masculina de hecho. Esto sería simplemente un foro que utiliza esa realidad a su favor para focalizar la audiencia hacia la cuestión básica.
    Gracias también al hombre que limpia y cocina y a yosjan. Para mí son muy precisadas sus intervenciones, desde su visión masculina no especializada pero muy vivencial.

  3. 9 Abel Mesa D’Aure. 28|3|2012 a las 19:57

    Al Caimán Barbudo:

    En el artículo publicado en sus páginas, específicamente en esta versión digital, titulado “Rasgando velos desde otro mirar”, la autora del mismo, Lirian Gordillo Piña, reconoce que, y cito: “Una de las lecciones de vida que aprendí en la carrera de Periodismo fue la responsabilidad que entraña el ejercicio público de la palabra”.
    Más adelante, en otro momento de su trabajo plantea: “Las mujeres en Cuba poseen la patria potestad de los hijos e hijas…”
    Al respecto me gustaría aportar algunas consideraciones de índole estrictamente jurídica, a partir de mi experiencia de más de quince años de ejercicio de la abogacía como miembro de la Organización Nacional de Bufetes Colectivos en esta Ciudad de La Habana.
    El planteamiento de Gordillo Piña de que “las mujeres en Cuba poseen la patria potestad de los hijos e hijas” puede prestarse a confusiones por parte de un lector profano. Lo que ella dice es absolutamente cierto, pero merece que se diga que las mujeres tienen la patria potestad sobre sus hijos e hijas en la mayoría de las naciones del mundo, al menos del mundo occidental, no puedo asegurarlo en el caso de mundo islámico, cuya tradición legislativa desconozco.
    En Cuba, como en el resto de Iberoamérica y también en las naciones cuyo derecho descansa en el Common Law británico (los Estados Unidos y Canadá, entre otros)la patria potestad sobre los hijos no corresponde solo a las mujeres sino también a los hombres. Es decir, a ambos padres.
    En el caso concreto de Cuba ocurre que ambos padres (el padre y la madre) poseen la patria potestad sobre sus hijos e hijas y solo atañe a un tribunal de justicia, mediante el procedimiento correspondiente, suspender en su ejercicio a uno de ambos.
    Al respecto, el Código de Familia (Ley No. 1289) lo regula del siguiente modo:
    Título II. Capítulo II (De las Relaciones entre padres e hijos)
    Artículo 83. El ejercicio de la patria potestad corresponde a ambos padres, conjuntamente.
    Pudiera ser que la autora del artículo de marrras haya confundido, de manera no intencional, dos categorías jurídicas diferentes en cuanto a contenido y alcance: patria potestad y guarda y cuidado de los hijos menores.
    En lo tocante a esta segunda categoría: guarda y cuidado de los hijos menores, la regulación es similar, con la sola excepción de que se preferirá a la madre como única depositaria de la custodia, cuanto al momento de producirse el divorcio, el menor (o los menores) se hallaren vivendo en compañía de ambos progenitores. Véase:
    Sección Segunda (De la guarda y cuidado y régimen de comunicación entre padres e hijos)
    Artículo 88. Respecto a la guarda y cuidado de los hijos, se estará al acuerdo de los padres, cuando estos no vivieren juntos.
    Articulo 89. De no mediar acuerdo de los padres… la cuestión se decidirá por el tribunal competente, que se guiará para resolverla, únicamente, por lo que resulte más beneficioso para los menores. En igualdad de condiciones, se atenderá, como regla general, a que los hijos queden al cuidado del padre en cuya compañía se hayan encontrado hasta el momento de producirse el desacuerdo, prefiriendo a la madre se se hallaba en compañía de ambos…”.
    A tono con esa “responsabilidad que entraña el ejercicio público de la palabra”, es importante ofrecer a los lectores una información apropiada. En el caso que nos ocupa, lo correcto habría sido afirmar: “Las mujeres en Cuba poseen, junto con los hombres, la patria potestad sobre sus hijos e hjas”.
    Sobre esta última nomenclatura, por cierto, cabe añadir que nuestra legislación vigente no distigue entre hijos e hijas o niños y niñas, sino que se refiere a ambos géneros simplemente como “menores”.
    Una última inquietud relacionada con el artículo: ¿por qué razón un espacio dedicado al debate sobre género se autodenomina “Mirar desde la sospecha”?. En nuestro país los homobres y mujeres gozan de igualdad jurídica, es decir, son titulares de iguales derechos y obligaciones ante la familia, la sociedad y ante la Ley. ¿A quién o a qué habría que mirar desde la sospecha? Donde la Ley no distingue no cabe distinguir.
    Es mi opinión como ciudadano, ya no como profesional del Derecho, que, sea cual sea el tema que se debate, hay que mirarlo de frente, haciendo presunción de buena fe, y nunca desde la duda o la sospecha. Nuestra sociedad sigue siendo machista y patriarcal, es un hecho. Tiene que ver con nuestra formación cultural y nuestras tradiciones religiosas y jurídicas (de raíz española). Esas concepciones obsoletas que menoscaban el derecho inalienable de las mujeres hay que combatirlas y la batalla todavía será larga. Muchos hombres también nos sentimos comprometidos con ello. No creo que nos resulte provechoso que se nos mire desde la sospecha. Sería bueno que un futuro artículo se aborde esta cuestión.
    Espero que mi modesta intervención les haya resultado provechosa.
    Atentamente,
    Lic. Abel Mesa D’Aure
    Abogado.

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